Autor: Dr. José Manuel Ávila Rivera

El Síndrome metabólico no debe ser considerado como una única entidad clínica, ni un problema estático, sino como una asociación de rasgos clínicos, causados por la combinación de factores genéticos y ambientales.

Gran parte de las personas mayores de 40 años que habitan en los países desarrollados padecen algunas de las llamadas enfermedades de la civilización: obesidad, diabetes, hipertensión arterial, arteriosclerosis, trastornos de los lípidos… Esta plaga esta afectando a los habitantes de los países que están accediendo al bienestar y, recientemente, también se incrementa en los niños y jóvenes. La dimensión del problema puede calibrarse si consideramos, por ejemplo, que en el año 2020 la diabetes afectará a más de 300 millones de personas.

La mayor parte de estas enfermedades no se presenta de manera aislada, sino formando parte de lo que se denomina síndrome metabólico. El síndrome metabólico no debe ser considerado como una única entidad clínica, ni un problema estático, sino como una asociación de rasgos clínicos, causados por la combinación de factores genéticos y ambientales, muy relacionados con el estilo de vida (dieta, sedentarismo, consumo de alcohol, tabaquismo etc.).

En la transición epidemiológica que sucedió durante el siglo XX, el relativo control de las enfermedades (infecciosas y parasitarias) y su prevención y tratamiento (antibiótico, antiparasitario), facilitó la eclosión progresiva de otras enfermedades crónicas no transmisibles, de las que las 4 más representativas son: la enfermedad cardiovascular, el cáncer, la obesidad y la diabetes mellitus tipo 2. Estas 2 últimas comparten parcialmente un «suelo» genético, cuya expresión ha sido acelerada por los espectaculares cambios de estilo de vida en los años siguientes a la mitad del siglo XX y que se perpetúan en la actualidad.En esencia, estos cambios son: el abandono de los hábitos dietéticos saludables (dietas ricas en fibra, pobres en grasas saturadas y en azúcares solubles, abundantes en frutas, hortalizas y verdura); el abandono de la actividad física regular y la adopción de otros hábitos no saludables, como fumar o abundar en el consumo de alcohol.

«El sedentarismo, el exceso de alimentos calóricos, el abuso de los dulces y de las grasas saturadas o el stress crónico y continuado son algunas de las circunstancias capaces de desencadenar todo el proceso»

La obesidad y la DM tipo 2 son tan comunes que merecen la denominación descriptiva de «diabesidad», condicionan o facilitan la acumulación potencial en el individuo que las presenta de otras alteraciones metabólicas (dislipidemia, hiperuricemia), no metabólicas (hipertensión arterial, hígado graso o esteatohepatitis no alcohólica) e, incluso, la aparición de marcadores de inflamación de bajo grado (proteína C reactiva, interleucina 6) o estigmas de estado protrombótico antifibrinolítico. Esta acumulación secuencial, o no, de tal variedad de alteraciones fisiopatológicas interrelacionadas, a menudo, por el vínculo común de la resistencia a la insulina promueve y acelera el desarrollo de la aterogenia (proceso inflamatorio crónico de características propias) (macro) vascular y, potencialmente, provoca la aparición clínica de sus serias consecuencias, como la enfermedad isquémica cardíaca, el ictus o la arteriopatía obliterante de vasos periféricos en las extremidades (sobre todo en las inferiores).

Una de las características que tiene este síndrome es la resistencia a la insulina y un hiperisulinismo. Entre las numerosas cuestiones que se suscitan, y quizás una de las mas transcendentes, es la que plantea si las alteraciones que conducen a estas anomalías están programadas genéticamente. Todos los especialistas aceptan que las alteraciones que componen el síndrome metabólico tienen una fuerte carga hereditaria, pero es un hecho que no todos los miembros de una misma familia llegan a padecerlo. Esto indica que, además de los genes, hay algo más para que se desarrolle el síndrome metabólico.

Numerosos estudios han demostrado que sobre la base de una susceptibilidad genética deben de actuar una serie de factores ambientales y de estilo de vida. El sedentarismo, el exceso de alimentos calóricos, el abuso de los dulces y de las grasas saturadas o el stress crónico y continuado son algunas de las circunstancias capaces de desencadenar todo el proceso. Estos agentes, a lo largo de los años, van actuando sobre el individuo predispuesto genéticamente, potenciando aparición de la enfermedad cardiovascular.

Las medidas preventivas son no comer demasiado, mantener un peso correcto, no abusar de las grasas saturadas ni de los azucares rápidos, comer abundantes frutas, verduras y hortalizas y practicar ejercicio físico»

Desde el punto de vista de una nueva rama de la medicina, como es la medicina evolucionista o darwiniana, las enfermedades de la opulencia surgen de la incompatibilidad entre el diseño evolutivo de nuestro organismo y el uso inadecuado que de el hacemos hoy. El resultado de nuestra adaptación a los cambios ocurridos en millones de años de evolución fue el diseño de un organismo capaz de superar las condiciones ambientales en las que tuvo que evolucionar. Por ejemplo, el llamado genotipo ahorrador, que permitía acumular con eficacia reservas energéticas en los periodos de abundancia y ahorrar el gasto durante a la escasez. 

La selección natural, a lo largo de la evolución biológica, ha programado a algunas especies para disponer de “mecanismos genéticos ahorradores”. Estos mecanismos están basados en unas especiales características que permiten una eficaz obtención y retención de componentes necesarios para la vida. Por ejemplo, nuestros ancestros tuvieron que soportar periodos de escasez de alimentos, así que un genotipo ahorrador permitiría la supervivencia del portador, su reproducción y, por ello, la transmisión de sus características genéticas. 

Según la medicina darwiniana, algunas enfermedades crónicas como la obesidad, la diabetes, la arteriosclerosis o la hipertensión pueden ocurrir por una mala utilización de este diseño evolutivo, a consecuencia de la sobrecarga excesiva de unos nutrientes que una vez fueron escasos, pero que ahora son abundantes: calorías, grasas, azucares rápidos.

Pero, hoy en día, las circunstancias ambientales y nutricionales de la vida en los países desarrollados obligan a un uso inadecuado de nuestro diseño evolutivo y la experiencia nos indica que cuando hacemos un uso inadecuado de un diseño, el resultado es un funcionamiento incorrecto y, por lo tanto, la aparición de la enfermedad.

Las medidas preventivas que proponen la ciencia medica son las siguientes: no comer demasiado, mantener un peso correcto, no abusar de las grasas saturadas ni de los azucares rápidos, comer abundantes frutas, verduras y hortalizas y practicar ejercicio físico de manera regular. Todas ellas son recomendaciones que pretenden ponernos en paz con nuestro diseño evolutivo en el mundo actual.

En conclusión, se trata de conseguir que los genes de la era prehistórica y nuestra forma de vida en la era espacial, estén en armonía para gozar de una vida más saludable y, posiblemente, mas feliz.